En los últimos tiempos, para referirse a situaciones de distinto tipo (desde un debate político hasta un suceso deportivo) en redes sociales, memes, TikTok, GIFs y clips virales, suele usarse una expresión rodeada de admiración o ironía: “Es cine”. La frase suele acompañarse con la imagen de alguien en actitud relajada y de disfrute, comiendo pochoclo o fumando: es clara la alusión a estar viendo una buena película en una buena sala cinematográfica (salvo por lo de fumar, que indicaría el relax en un living hogareño). También es frecuente encontrarse, por aquí y por allá, con el fragmento de un programa televisivo que conducía el filósofo y periodista José Pablo Feinmann (1943/2021) en el que exclama, ante algo que acaba de ver: “Mirá lo que es el cine”. En noticieros y charlas informales, la descripción de una persecución automovilística o un incidente fuera de lo común suele terminar con un comentario: “Era como una película”. Populares páginas de fotomontajes sarcásticos como EAMEO reconvierten imágenes de films de Alfred Hitchcock, Federico Fellini, David Lynch o Leonardo Favio, sabiendo que la mayoría de sus consumidores los reconocerán. Y, así como una dirigente política aludía recientemente a un evento algo disparatado asegurando que “parecía de Almodóvar”, cuando un funcionario se esmera en disimular con gestos de inocencia evidentes delitos que cometió, salta en los medios de comunicación el sarcasmo: “Digno de un Oscar” (premio que, nos guste más o menos, está indefectiblemente ligado al mundo del cine).
Aunque los complejos cinematográficos y las salas culturales que exhiben películas no estén atravesando un período de esplendor, es indudable que el cine está muy presente en nuestras vidas, tal vez por traer recuerdos placenteros en gente adulta (para los niños, sigue siendo sinónimo de salida festiva), por la costumbre de relacionarlo con ficciones cargadas de emociones fuertes, o por ser parte de conocimientos de cultura general, al menos en ciertos sectores de la sociedad.
Pero hay algo por encima de los recuerdos y las representaciones: el espíritu del cine sigue vivo, según parecen indicar fenómenos aislados. Por ejemplo, el arrebato –aunque probablemente tenga que ver más con el fútbol que con el cine, y haya durado pocos días– para ver en algunas salas de nuestro país El partido (2026, Juan Cabral / Santiago Franco, documental sobre los pormenores de la contienda futbolística Argentina vs. Inglaterra cuarenta años atrás), demuestra la alegría que implica ver una película en pantalla grande y con público entusiasta alrededor. El éxito actual de La Odisea (2026, Christopher Nolan) y Toy Story 5 (2026, Andrew Stanton) responde más a oleadas de promoción y juicios previos (el aura de importancia del film de Nolan, el recuerdo de las versiones anteriores del producto Pixar, los efectos del merchandising en ambos casos), pero, aun así, se impone naturalmente la idea de que, por distintos motivos, es mejor verlas en una sala de cine.
Vale recordar que, en relación al consumo de producciones audiovisuales, en los últimos cincuenta años se sucedieron cambios tecnológicos que fueron impulsando a una renovación permanente: del televisor en blanco y negro a uno a color, de ahí a la videocasetera hasta que la llegada de la TV por cable pareció ser la nueva gloria, después los VHS empezaron a reemplazarse por los DVD y, finalmente, el entusiasmo por internet y la posibilidad de ver y descargar películas desde las computadoras. Hoy, se habla de maratonear series que prodigan plataformas pagas, se comentan videos editados y viralizados en redes sociales y en nuestros teléfonos celulares. ¿El cine pierde o gana en este contexto? Depende, en buena medida, de que las salas compitan ofreciendo propuestas realmente superadoras, incluyendo óptimas proyecciones, butacas cómodas y precios bajos; de hecho, cuando, ocasionalmente, se reestrenan en copias restauradas buenos films de años atrás (desde El Padrino, El conformista y El desprecio hasta Nueve reinas), muchos acuden con regocijo a verlos, sabiendo que no hay VHS, DVD, Internet ni teléfono móvil que iguale la calidad de una buena exhibición cinematográfica.
Está claro que algunas de las condiciones para que el cine sobreviva están ligadas a las siempre resbaladizas reglas del mercado, como el precio de las entradas y la inversión necesaria para que las salas ofrezcan proyecciones óptimas. El problema es cuando el Estado no solo no interviene sino que celebra que el mercado sea el que mande, como ocurre actualmente en Argentina, donde los grandes festivales cinematográficos van reduciendo sus brillos de no mucho tiempo atrás y los cineastas deben remar más que el propio Odiseo para conducir sus proyectos a buen puerto.
Enfrentando estas y otras dificultades, el cine subsiste. A principios del siglo pasado nadie hubiera imaginado el derroche de imágenes en movimiento que hoy recorren los centros urbanos; sin embargo, todavía existe la saludable costumbre de sentarse frente a una gran pantalla en una sala oscura, para dejarse llevar por imágenes y sonidos, en medio de personas desconocidas. Hacer y ver películas dejó de ser novedoso pero esto no indica que el cine haya perdido su valor como medio de expresión –y aquí puede estar lo que a algunos les despierta desconfianza–, vinculando a personas de distintas generaciones y países, integrando su iconografía a nuestra vida cotidiana, desplegando su diversidad y su riqueza ante quienes están dispuestos a rastrearlas.
Fernando G. Varea

Gracias por este texto. Ir al cine es cada vez más una experiencia colectiva escasa. Nuestra atención está fragmentada y las plataformas llaman películas a producciones armadas en forma de “películas “ para entretener. Sin embargo tenemos listas de films memorables en nuestra pantalla colectiva que cuando se encienden, nos recuerdan que el arte no muere y siempre habrá un cineasta o una cineasta que rescate la llama y nos incendie de belleza. Viva el cine!
Muchas gracias Adriana. Y sí, que viva el cine!