(Por EZEQUIEL GUERRICO)
Don Patricio Guzmán falleció a los 85 años en Francia, donde transcurrió su exilio eterno y gran parte de su vida. El cineasta chileno combinó la poesía de la palabra con la de la imagen, la ciencia y la memoria.
Quien fuera un forastero en su propio país, luego del golpe genocida de Augusto Pinochet contra el gobierno de la UP (Unidad Popular), que encabezaba Salvador Allende como caudillo de una clase obrera industrial altamente organizada y consciente, pagó su quimera política convirtiéndose en un artista maldito, censurado, silenciado en su propia tierra.
Su ópera prima fue su opus magnum, los tres capítulos de La batalla de Chile, un cine directo del proceso revolucionario que vivió Latinoamérica durante los 70 en clave andina, indígena y obrera con una perspectiva revolucionaria y anticapitalista. El único viaje en el tiempo posible, un aquí y ahora eterno, poniendo el cuerpo tanto en las movilizaciones populares de la UP como de la derecha fascista. Clima y tensión: salivazos fascistas altisonantes contra la parsimoniosa y radicalizada voz clasista del pobre, ironía y metáfora poética, picardía y realidad.
Las grandes enseñanzas que dejó el maestro, o de las que me apropié, fueron varias:
. Su obstinación de volver, una y otra vez, hacia el pasado, en diferentes enfoques y momentos de su existencia.
. Su arrepentimiento por no haber puesto su propia voz en off en La batalla de Chile y contratar a un locutor (luego haría otra versión, con su inconfundible retórica y cadencia).
. Su aporte a la historia de la clase obrera y los pueblos oprimidos, patrimonio universal.
. Su poesía y su reivindicación del cine documental como hecho maldito frente al arte burgués (dentro del cine).
. Su reflexión (compartida en un seminario en 2018, en Concepción, Chile) acerca de que el cine documental debe hacerse con un grupo de personas que quepa en un auto, que en lo general son amigos.
El testamento guzmaniano es sencillo: seguir su legado.
