EL TREN FLUVIAL
(2026; dir. Lorenzo Ferro / Lucas A. Vignale)

Antes de estrenar su Juan Moreira (1972), Leonardo Favio pensaba titularla “Juan Moreira en colores, con sonido y todo, y a pedido del cariñoso público”, hasta que los productores lo desalentaron. El debut en el largometraje de los argentinos Lorenzo Ferro (actor y músico veinteañero, conocido sobre todo por sus roles protagónicos en El ángel y Simón de la montaña) y Lucas Alejandro Vignale (realizador audiovisual fallecido dos meses atrás, a los 28 años, en un trágico accidente en Brasil) bien podría llamarse “Crónica de un niño solo en colores, con sonido y todo”, ya que su film parece reconvertir el film de Favio empleando algunos de sus rasgos, pero con nítidos colores, música de la banda Oniria y sin tanta conexión con la realidad más cruda.
A diferencia de Polín, Milo (Milo Barria) no es lo que llamaríamos un niño en situación de calle, el hospicio donde vive se confunde con una casa de familia, su soledad es menos dramática (parece consecuencia de un deseo por la aventura) y, aunque roba alguna cosa, no se topa con policías. El propio actor que encarnaba a Polín, Diego Puente, aparece —después de haber intervenido en Favio: crónica de un director (2015, Venturini), contando su experiencia— sugiriéndole a Milo, a través de sus auriculares, un refugio donde alojarse en la tentacular Buenos Aires, y canturreando incluso, en otro momento, lo mismo que en aquel film estrenado en 1965. El homenaje al cine de Favio no termina allí, ya que el impulso mismo de Milo para lanzarse a probar suerte en la gran ciudad parece provenir de lo que ve en Soñar soñar (1976), con su padre repitiendo, además, frases de la película.
La admiración por el gran cineasta mendocino es provechosa cuando Ferro y Vignale la expresan con ideas plásticas o narrativas que inciden en la atmósfera, como los colores cálidos y encendidos (que recuerdan al cine de Favio de los años ’70), o los bailes, canciones y poesías en off, aportando sensaciones y vinculando atributos de nuestra cultura popular con posibles raptos de fantasía infantil. Los dibujos de niños decorando la estación de trenes, o la presencia de una joven viviendo sola en una enorme casa semivacía, son detalles que ayudan a empatizar con los temores del chico, sus impresiones, sus descubrimientos. En cambio, cuando se recurre a efectos antojadizos, como la corona de espinas del empleado de la estación o algunas sugerencias sexuales en off, la propuesta parece contagiarse de las extravagancias de Luis Ortega.
En El tren fluvial hay más ternura, transparencia, e incluso emoción, que en films de Ortega indudablemente seductores aunque algo cancheros, como El ángel (2018) y El jockey (2024). La calidad de cada uno de sus planos y el criterio de su fotografía (interesante trabajo de Thomas Grinberg) van más allá de lo vistoso, encontrando el tono adecuado para comunicar el origen pueblerino, la cándida picardía y el deslumbramiento casi constante de Milo. En la elección de los actores, la dupla de jóvenes realizadores también parece tomar la posta dejada por Favio, incorporando a actores profesionales junto a “no actores” elegidos más por su apariencia que por su formación: la elección de Milo Barria es un acierto, teniendo en cuenta su talento para bailar malambo y su capacidad para expresarse sin exageraciones, en tanto que la incorporación de la hermosa Rita Pauls y de Fabián Casas traen un eco de —otra vez— las producciones de Luis Ortega, ya que la actriz alcanzó popularidad con su participación en la miniserie Historia de un clan (2015), dirigida por el hijo de Palito, en tanto Casas intervino en la ya mencionada El jockey.
Ferro y Vignale saben cómo disolver el realismo con pequeños trucos, como los cambios de planos cuando Milo juega a la pelota con el empleado de la estación. Así, con sus más y sus menos, El tren fluvial resulta un pequeño cuento o un sensible escape al mundo de los anhelos y los sueños, como ese tren en el que Milo se desplaza, de ida o de vuelta. Consuela, en cierta manera, pensar que mucho de lo bueno que Vignale tenía para ofrecer como artista y como persona, perdura en este film.

Fernando G. Varea

One thought on “Los colores de una aventura solitaria

  1. Gracias! Que propuesta interesante y que hermoso que Favio esté presente en los nuevos cineastas. De alguna manera es otra forma de resistir y decir viva el cine! En estos tipos de plataformas y mercado. Esperamos verla por estos lares, donde queremos organizar un ciclo de cine, a puro pulmón. Ni se nos van las ganas, aunque me robaron el
    proyector. Gracias nuevamente

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