EL DÍA DE LA REVELACIÓN
(2026, Disclosure Day; dir. Steven Spielberg)

Ya desde el principio, Spielberg mezcla y trastoca múltiples elementos (hipnosis, telepatía, magia, hologramas, inteligencia artificial) sugiriendo cambios tecnológicos, vaticinios y entelequias. Esta faceta —la de la curiosidad y la sorpresa— es la que mejor le cabe al popular director, reemplazando aquí la contención argumental de algunas de sus primeras (y mejores) películas, como Reto a muerte (Duel, 1971) y Tiburón (1975), por la acumulación.
Detenerse en los rodeos del guion sería privar al potencial espectador de los eficaces sobresaltos que el film va prodigando, pero puede decirse que hay un joven matemático (Josh O’Connor, el mismo de Desafiantes y Mente maestra) que, tras dejar de trabajar en una poderosa empresa, desea dar a conocer riesgosos secretos, por lo cual es perseguido por el principal responsable de la corporación (Colin Firth encarnando con gestos adecuadamente odiosos al malvado de la historia). Lo acompaña en su aventura una presentadora televisiva (Emily Blunt, que empieza como repitiendo su agitado personaje de El diablo viste a la moda para pasar, más tarde, a momentos de llanto y desesperación). Y hay también una novia, que antes fue novicia (Eve Hewson), excusa para deslizar algunos interrogantes nada desdeñables sobre la fluctuante validez de ciertos dogmas religiosos en el caso de que hubiera vida fuera de nuestro planeta.
Los constantes giros de la historia no obstaculizan la contundencia de El día de la revelación como entretenimiento de ciencia ficción, hasta llegar a una justificación de los hechos algo simple tras semejante batería de complicaciones. Salvo que se haga una analogía con otros asuntos, temerariamente ocultados en el mundo real. Desde ya, la verosimilitud de los conflictos importa menos que el suspenso y la adrenalina que generan secuencias como la de nuestros (anti)héroes zafando de un tren después de sortear otros peligros, que parece salida de la saga de Indiana Jones. La eficacia de Spielberg para generar alarma y diversión en forma permanente está asegurada, gracias a las habilidades que supo demostrar para ello en casi toda su filmografía.
Del lado de las dudas —y no precisamente de las que despierta la reflexión final— estarían los teléfonos celulares que se muestran, medio anticuados al comienzo pero no en el último tramo (donde multitudes se informan o ven televisión desde sus móviles), y la ingenuidad de suponer que dos o tres jóvenes sin fuerza de líderes podrían imponerse por sobre intereses corporativos, políticos y mediáticos. Resulta tranquilizador ver que Daniel (el matemático), Margaret (la periodista) y Jane (la ex novicia) no enarbolan alguna forma de violencia y que sus enemigos más visibles son hombres encumbrados de su propio país, aunque su compromiso por preservar y revelar la verdad —tema del que ya se había ocupado Spielberg en The Post: los oscuros secretos del Pentágono (2017)— parece insuficiente en estos tiempos.
Habría también otros reparos, quizás inherentes a características propias del cine spielbergiano: redundancias (“Es la habitación de mi infancia”, verbaliza innecesariamente Margaret al verla representada), conservadurismo en modos y costumbres, música omnipresente y misterios que se expresan visualmente de forma poco sutil. En tanto, entre los aciertos (y perdón por el casi spoiler), merece señalarse el desenlace encantadoramente abierto.

Fernando G. Varea

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