El ocultamiento de libros prohibidos o peligrosos durante los años de la última dictadura cívico-militar argentina ha sido un tema poco abordado por el cine nacional. Desentierros, los libros que no heredamos (2024) se ocupa del tema a partir de una historia auténtica ligada a la familia de su realizadora, la historiadora y cineasta rosarina María Julia Blanco. La biblioteca estudiantil de su padre, olvidada desde 1975 y recuperada en 2018, es el punto de partida para explorar la identidad, la memoria colectiva y personal, indagación que la lleva hasta el centro de la provincia siguiendo las vías del ferrocarril (revelando otra parte olvidada de nuestra Historia). Sobre el origen de esta aventura y la experiencia de esa conmovedora excavación, el aprovechamiento de registros audiovisuales varios (desde fragmentos de programas televisivos hasta películas de ficción, como la valiosa y poco recordada Los días de junio), y la recepción de la película en distintos festivales en los que participó (Mar del Plata, FIDBA) —ahora se exhibirá en el marco del Festival Latinoamericano de Cine de Rosario—, les preguntamos a su directora y a sus jóvenes productores, la también rosarina Pamela Carlino y el salteño Agustín Del Carpio, los tres de intensa actividad en el ámbito audiovisual local.
MARÍA JULIA BLANCO. “El proceso lo vivimos con bastante ambivalencia. Por un lado, había sido difícil llegar a esa decisión: hacía muchos años que esos libros estaban enterrados y no habíamos tenido las fuerzas para emprender la búsqueda. Por el otro, la decisión de tener un registro audiovisual implicaba pensar que, a lo mejor, había algo de ese momento que valía la pena ser visto después. Y terminó siendo así. Fue un momento muy conmovedor y de mucha alegría. Creo que en esa filmación quedó registrado cómo se vive el encuentro de un tesoro. Después surgió la pregunta de cómo transformar eso en un material audiovisual. El trabajo de investigación llevó varios años, pero tuvo momentos de mucha reflexión y búsqueda, mechados con otros de mayor aceleración donde las cuestiones iban decantando. El cruce con la televisión rosarina nos dio otras maneras de pensar el tiempo que pasó. Nos pareció interesante agregar las imágenes de Los días de junio (1985, Alberto Fischerman) para pensar que, en esa inmediata posdictadura, ya estaba presente el tema del entierro y desentierro de los libros; algo que después, de alguna manera, fue olvidado o estuvo poco presente. Es, obviamente, un archivo fragmentado que no completa ninguna historia, pero justamente ahí radica lo interesante: nos acompañan las pérdidas, los olvidos y algunos hallazgos que nos permiten pensar el presente. El estreno internacional en Mar del Plata fue en un contexto complicad y tuvo un sabor agridulce: estrenar ahí era un sueño, pero el contexto se sentía inadecuado para lo que nos interesaba plantear o conversar. De todos modos, se van generando espacios de diálogo en coyunturas difíciles; a veces, incluso, estas situaciones ayudan a visibilizar los temas que nos convocan”.
PAMELA CARLINO. “Cuando nos generábamos preguntas acerca de estos materiales había muchos espacios de desarrollo, tanto a nivel nacional como provincial, así fue que participamos de la Incubadora del INCAA y del Laboratorio de Creación de Señal Santa Fe, entre otros. El propio material nos iba llevando. Y estaban esos libros, que para nosotros siempre tuvieron una potencia enorme. Más allá de lo que contienen, como objetos tienen una carga simbólica muy fuerte. Siguen siendo bellísimos, representando muchas cosas para nosotros. El 2020 fue un año frustrado para todo el mundo. Cuando llegó el apoyo del INCAA en 2022, volvimos a salir a filmar bastante. Ahí apareció una dinámica muy particular. Muchas veces nos subíamos al auto los tres —Juli, Agustín y yo— e íbamos a ver cosas, a seguir pistas, a grabar. Después Juli trabajaba todo ese material con Marina Sain, que fue clave durante todo el proceso. Cuando el archivo familiar se agotó, surgió la información de que existía un archivo audiovisual de los medios locales muy importante en la ciudad, hoy preservado por Punto Audiovisual. De pronto, aparecía la televisión rosarina de los noventa, con un joven Luis Novaresio haciendo notas. Para quienes crecimos en Rosario era fuerte, porque era el periodista de los mediodías de la televisión local. Y ahí entendimos que la película podía dialogar también con memorias mucho más cercanas. Los días de junio la encontró Juli casi por casualidad, conseguimos un DVD por Mercado Libre y nos impactó muchísimo. Después ella se contactó con Ruth Fischerman, la hija del director. Recuerdo mucho una experiencia que tuvimos con Agustín en un laboratorio en Cuba, en 2018: veníamos muy metidos en discusiones alrededor de El capital y otros libros de la biblioteca enterrada, y en una asesoría, un cubano nos comentó que ellos leen El capital en el secundario, medio como nosotros leemos el Martín Fierro. Ahí entendimos hasta qué punto nuestra relación con esos libros estaba atravesada por nuestra propia historia. Además, nosotros venimos a hablar de la dictadura habiendo nacido en democracia. No lo hacemos desde una pérdida directa, sino desde las historias de nuestras familias, los relatos con los que crecimos y preguntas que recién pudimos empezar a hacer muchos años después. También pasó que la película nos llevó seis años y durante ese tiempo cambió el país, cambiaron las discusiones y cambiamos nosotros. Pensábamos que quizás ya no iba a haber que discutir algunas de estas cosas y, sin embargo, acá estamos. Si me preguntás hoy, después de las noticias de este fin de semana sobre Agustina y Dulce, en el marco de un nuevo 3J, la urgencia volvió a cambiar. Y eso también le pasó a nuestra película. En Mar del Plata las tres funciones tuvieron mucha gente y eso nos sorprendió para bien. En Buenos Aires pasó algo parecido. Estrenarla ahora en Rosario es muy significativo, en el marco de los 50 años del golpe, porque nos permite seguir pensando cómo circulan las memorias, las ideas y las historias en nuestra ciudad y en nuestro territorio”.
AGUSTÍN DEL CARPIO. “Con Pamela nos sumamos a la producción de la película después que María Julia con su familia y, en ese momento, Elad Abraham, encararan el registro del desentierro de los libros. Para nosotros las preguntas siempre fueron: ¿Y ahora qué? ¿Qué pasa con estos libros? ¿Qué reflexiones abre este desentierro? Preguntarnos qué silencios familiares se estaban desenterrando, qué lectores habían dejado de existir, qué lecturas había antes que ahora ya no están, e incluso si eso que emergía eran libros o ya no lo eran. La película, en un punto, siempre se planteó desde una estructura caótica. Esto tuvo que ver con la forma de producción que adoptamos: fuimos financiándonos, escribiendo y editando en paralelo con Marina Saín. Definimos que esa variedad de procesos y texturas serían parte de la identidad del documental; nos interesaba trabajar lo material desde lo creativo. Cuando empezaron a aparecer las imágenes, se destrabaron muchas cosas. Ese material, tan rico e importante para la memoria de la ciudad, permitió que la historia particular de Julia tendiera puentes hacia una historia regional. Ahí latía un fuerte diálogo generacional. La película aborda a esa generación política de los ’70, pero también las frustraciones de los procesos posteriores que se ven en esa etapa, como el armado de la Alianza y la catástrofe en la que terminó todo eso. Siempre estuvo en diálogo con La Biblioteca Roja (el libro que recupera una experiencia similar en Córdoba) y, rastreando registros, apareció Los días de junio. La hija del director terminó siendo una pieza fundamental, ya que es quien abre nuestra película a través de su testimonio en esa conversación telefónica grabada. Desentierros fue muy bien recibida y generó diferentes tipos de lecturas según la audiencia que la veía. En los recorridos por mercados, festivales o reuniones de industria, a veces nos topábamos con el prejuicio de contrapartes que nos decían: Uh, otra película sobre la dictadura argentina. Nuestra defensa siempre fue la misma: marcar la necesidad de seguir trabajando nuestra memoria (aún Milei y toda la experiencia negacionista no era tan potente como ahora) y discutir desde nuestro punto de vista de generación nacida en democracia”.

https://www.instagram.com/desentierros.libros/

Imagen: fotograma de Desentierros, los libros que no heredamos.

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