AMARGA NAVIDAD
(2026; dir. Pedro Almodóvar)
Los sugerentes títulos, el arte de los afiches y de los créditos iniciales (o finales), el diseño y los colores de la escenografía, la música de Alberto Iglesias: cada nueva película de Pedro Almodóvar implica una suma de elementos que generan expectativa. Estos componentes reaparecen, sin defraudar, con Amarga Navidad, aunque el film en sí mismo –que viene de competir en el Festival de Cannes, donde el director, guionista y productor español ganó en 1999 el premio a Mejor Director con Todo sobre mi madre, en 2006 el de Mejor Guion por Volver y en 2011 dos premios menores por La piel que habito– está lejos de ser de los más estimulantes dentro de su nutrida filmografía.
Hay marcas que parecen indicar rasgos autobiográficos colándose dentro de un juego narrativo en el que la ficción y la realidad se (con)funden, por lo cual un director de cine (Leonardo Sbaraglia) elucubra un guion que involucra, precisamente, a una cineasta (Bárbara Lennie), quien atraviesa vivencias muy parecidas a las de la vida de ese creador y de quienes lo rodean. Inconfundiblemente, en medio de esas piezas que se encajan y desencajan, asoman referencias al propio Almodóvar, sobre todo en un tramo final que incluye ironías y hasta cierta autocrítica. El planteo no es novedoso, ya que experiencias personales sustentaban otras películas suyas (desde La mala educación hasta la más reciente Dolor y gloria), aunque, en este caso, se las vuelca de manera algo impersonal.
Los interrogantes sobre la validez de incorporar a una obra artística hechos reales vividos por personas cercanas, o sobre el desplazamiento de decisiones en la vida cotidiana por la pasión por el trabajo, aportan material sustancioso, con un marco melodramático en el que variados problemas de salud y crisis creativas son los mayores problemas (como en la película previa de Almodóvar, La habitación de al lado, los personajes no parecen tener apremios económicos). En algun punto, se pone en discusión la idea de la creación artística como medio para canalizar dolores de la vida real, que han expresado películas como Hamnet (Chloé Zhao).
Los desniveles de Amarga Navidad son de distinto tipo. Se habla repetidamente de duelo y de muertes (de hijos y de padres) evitándose la crueldad, pero se incentiva la emoción simplemente con repetidos primeros planos de mujeres llorando. No puede decirse que haya encuadres descuidados o que falte elegancia en los aspectos formales, pero parece un recurso perezoso que, medio caprichosamente, un personaje se ponga a cantar Canción de las simples cosas (la hermosa canción de César Isella y Armando Tejada Gómez) solo para que alguien se conmueva (dicho sea de paso, la interpretación de Amaia es mejor que la de Natalia Oreiro en el cierre de La mujer de la fila, aunque, aún así, inferior a otras versiones conocidas). Uno de los personajes (Patrick Criado) es bombero y stripper, pero así como Almodóvar dedica varios minutos a mostrarlo desplegando sus movimientos en una fiesta, no se le ocurre aprovechar su otro oficio –el de bombero– para el clima melodramático de la(s) historia(s), por ejemplo, con un gesto heroico o un gran incendio, desdeñando la carga dramática y simbólica del fuego. Elsa (Lennie) recibe una llamada en su teléfono celular y, aunque es sencillo comprender qué le dijeron, ella lo explicita innecesariamente en voz alta, algo similar a lo que ocurre cuando una médica (Carmen Machi) –en uno de los bienvenidos chispazos de humor del film– relaciona la expresión cine de culto con algo religioso o esotérico, siguiendo a continuación una detallada aclaración que choca con la consabida idea de que un chiste explicado pierde su gracia. Los actores y actrices principales son fotogénicos y expresivos, pero, por momentos (exceptuando la energía que Aitana Sánchez Gijón pone en su Mónica), parecen limitarse a cumplir con lo que deben decir, sumándose, en el caso de ellas, permitir que lágrimas se deslicen por sus rostros sin preocuparse demasiado por secarlas.
Los momentos intensos son pocos: de esa manera, cuando Raúl (Sbaraglia) siente, de pronto –no importa cuándo, mejor no spoilear–, el impulso de modificar un guion finalizado, se agradece que ese pequeño hecho sacuda, aunque sea levemente, una trama articulada con tanta habilidad como circunspecta prolijidad.
Fernando G. Varea
