NUESTRA TIERRA
(2026; dir. Lucrecia Martel)

“Conversar es lo que más me gusta y es parte de mi trabajo, lo que hago con el cine tiene que continuarse con la posibilidad de conversar”. Así me decía Lucrecia Martel durante una brevísima entrevista que pude hacerle en el Festival de Mar del Plata de 2018, y lo ha dicho también en otras notas y presentaciones, antes y después. Por eso sorprende que muchos se hayan fastidiado con la cantidad de charlas que mantuvo con periodistas de radios y canales de streaming a propósito del estreno de Nuestra tierra. Se podrá discutir alguna de sus afirmaciones, o que la mayoría de sus interlocutores estaban más dispuestos a hablar con ella de temas varios antes que de su película, pero es evidente su afición por las conversaciones y también los interrogantes que su documental dispara, suficientes como para generar debates de distinto tipo.
El asesinato de Javier Chocobar, miembro de la comunidad de Chuschagasta, en Tucumán, y el posterior juicio –a partir de la disputa por una legítima posesión de tierras, que en cierta manera se remonta a dos siglos atrás–, son los ejes desde los cuales se desprenden detalles y matices de la Historia argentina, yendo y viniendo de lo particular a lo general, de la belleza de nuestros paisajes y las voces de Mercedes Sosa y Jorge Cafrune hasta los tristes episodios que atraviesan las vidas de personas que nunca han ocupado espacios importantes en los ámbitos de la política y el espectáculo. Nuestra tierra pone de manifiesto, además, el enorme valor de conservar, buscar, rescatar y mostrar registros audiovisuales (basta pensar en la precaria pero importantísima filmación del ataque criminal a Chocobar y en las fotografías familiares atesoradas).
Lo de Martel es denuncia pero también indagación en pormenores que hacen al todo: cómo han sido vistos y tratados los ahora llamados pueblos originarios a través de los años; los oficios con los que la gente del interior empezó a encontrar oportunidades de trabajo en Buenos Aires; las enseñanzas en la escuela y el ambiguo rol de la Iglesia; e incluso el peso del cine (resulta interesante que las dos únicas películas que se mencionan, por distintos motivos, son hollywoodenses, y acertado el hecho de no ilustrar esas evocaciones con fragmentos de las mismas). Respecto a esto último, hay que decir que el momento de la proyección al aire libre es uno de los más significativos y hermosos de Nuestra tierra.
La seriedad del asunto no le impide a Martel trabajar con cierto sentido lúdico con los drones y con el sonido, incluyendo guiños que son como premios para los espectadores atentos (la música de Los Wawancó que también resonaba en alguno de los primeros films de Leonardo Favio, una homilía de fondo que parece ser del actual arzobispo Jorge García Cuerva aunque la época es otra), y condimentos que elevan las significaciones del film (el “Kyrie” de la Misa Criolla, cuya parte coral había sido incluida en en un par de películas de Marco Bellocchio, o la misma expresión “Nuestra tierra”, que bien puede exceder el tema de la película). Música, lugares, recuerdos, creencias, sufrimientos, ilusiones: elementos que, de alguna manera, configuran una Argentina que va más allá de los triunfos deportivos (sin que falte el fútbol, con chicas de la comunidad jugando un partido) y los avatares políticos (alguna imagen de Evita y una referencia al primer peronismo ayudan a no pasteurizar la película).
En la historia del cine argentino casi no ha habido documentales centrados en juicios –excluyendo el reciente El juicio (2023, Ulises de la Orden)–, y nunca uno que haya puesto el foco en comunidades aborígenes llegó a tener la repercusión de Nuestra tierra. Es que, lúcidamente, Martel supo sostener este proyecto con un relato fértil pero accesible, apoyándolo después con aquellas conversaciones públicas que rodearon el estreno y que, perdurando en youtube y la web, ojalá sirvan para seguir despertando curiosidad por el film.

Fernando G. Varea

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