LOS COLORES DEL TIEMPO
(2025, La venue de l’avenir; dir. Cédric Klapisch)

Algunas imágenes, como la del poster, pueden llevar a suponer que se trata de una de esas películas francesas –o afrancesadas– que empalagan con trajes y sombreros de época entre tópicos de lo que, alguna vez, un muy joven François Truffaut bautizó como Cinéma de la Qualité. Bastante lejos de eso está, en realidad, este nuevo film de Cédric Klapisch, sobre un guion coescrito junto a Santiago Amigorena (argentino radicado en Francia, escritor, también cineasta, primo de Mike): si bien explora temas profundos, como el peso del pasado en el presente y los acontecimientos que van modificando a una sociedad, tiene una ligereza, una frescura, una falta de solemnidad dignas de celebrar.
La posibilidad de vender una casona abandonada en medio del campo es lo que reúne a cuatro parientes que no se conocían, quienes –de acuerdo a un guion muy calculado y trabajado– resultan bastante diferentes entre sí: un apicultor locuaz y entrador (Vincent Macaigne), un profesor de Literatura cercano a la jubilación (Zinedine Soualem), una ingeniera con una vida sentimental complicada (Julia Piaton, una suerte de Meryl Streep joven) y el menor del grupo (Abraham Wapler), fotógrafo, creador de contenidos digitales, que vive con su abuelo y duda entre una novia frívola y una amiga encantadora (la cantante Pomme). Al inventariar objetos de la antigua vivienda, empiezan a descubrir fotografías que les despiertan curiosidad y de esa manera, sin estridencias, la realidad comienza a alternarse con las circunstancias que vive, a fines del siglo XIX, una jovencita llamada Adèle (Suzanne Lindon, hija de Vincent, nominada este año al premio César como revelación), quien  abandona Normandía para salir en busca de su madre en París. En su viaje, Adèle entabla amistad con dos amables muchachos (Vassili Schneider, Paul Kircher), envueltos todos en las transformaciones de la revolución industrial y cultural de esos años, cuando la fotografía le quitaba protagonismo a la pintura y asomaba el cinematógrafo.
Hay dos o tres situaciones en las que la aparición circunstancial de celebridades (sin espoilear, diremos: una actriz, un pintor, un fotógrafo) tornan a la película algo aniñada. Woody Allen ha jugado ese juego en algunas de sus películas, sobre todo en Medianoche en París (2011), pero tendiendo a la comedia; en este caso, esas escenas, o las que exponen los efectos alucinógenos de cierta bebida, trivializan el clima ganado por suaves reflexiones sobre el paso del tiempo.
Más allá de estos deslices, se agradece la apuesta de Klapisch por la delicadeza. Con simpáticas elipsis (como el salto en el tiempo cuando se abre una puerta mientras alguien está posando para un desnudo), una cálida fotografía (gran trabajo de Alexis Kavyrchine) y un hábil manejo de los distintos elementos argumentales, Los colores del tiempo –título más naif que el original, La llegada del futuro– ofrece una experiencia agradable, sin crueldad, con personajes empáticos y generando tímidamente interrogantes sobre cómo los hechos que otros vivieron en el pasado nos alcanzan, de una u otra manera.

Fernando G. Varea

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