HANGAR ROJO
(2025; dir. Juan Pablo Sallato)
El fallecimiento reciente del cineasta chileno Patricio Guzmán y expresiones de nuestro actual presidente justificando el derrocamiento de Salvador Allende, durante su visita a Chile, son ejemplos de cómo uno de los episodios más negros de la historia de Latinoamérica del siglo pasado vuelve a asomar, cada tanto, en las noticias de actualidad y comentarios de la opinión pública. Del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 en Chile se ocupa, precisamente, el primer largometraje de ficción de Juan Pablo Sallato, filmado mayormente en Mendoza y con apoyo de nuestro INCAA, al punto de aparecer entre los créditos, curiosamente, el nombre de Carlos Pirovano, reacio a las películas de esta temática (aclaremos que no fue bajo su gestión que comenzó este proyecto). Como todo film latinoamericano, se estrena en Argentina en pocas salas y con escasa repercusión –hay ahí todo un tema para debatir–, después de haber ganado premios en algunos festivales y competir en la edición de este año del BAFICI.
Hangar rojo transcurre en pocos días y tampoco tiene muchos personajes. El principal es un capitán de la Fuerza Aérea y experimentado paracaidista, llamado Jorge Silva (interpretado de manera rigurosa y contenida por Nicolás Zárate), responsable de convertir, a pedido de sus superiores, la Escuela de Aviación en un centro de detención. Imprevistamente, se le acopla como ayudante un joven sargento, que lo admira y parece bastante ajeno a la oscuridad del grupo humano del que empieza a ser parte.
Dos rasgos distinguen a Hangar rojo de otros films similares: las características de Silva, militar que despierta dudas en algunos por haber defendido al presidente constitucional Allende de un intento de atentado tres años antes, y la manera elegida por Sallato para generar tensión e inmediatez, con la cámara acompañando permanentemente al protagonista, generalmente de cerca y desde atrás.
Lo primero le da al film una rara intensidad, consecuencia de la incertidumbre que generan las posibles reacciones de Silva y la sensación de que su obediencia está en conflicto con lo que realmente piensa. Las señales de que puede tratarse de un militar distinto son pocas y aisladas, pero con los acontecimientos irán asomando gestos de nerviosismo, preocupadas llamadas telefónicas a su mujer (profesora universitaria), mínimos rasgos de humanidad ante su novato compañero. Entre los espectadores, habrá quienes sepan lo que los textos finales explican –ya que Silva existió realmente–, pero, si no es así, esos detalles ayudan a inquietar, e incluso a empatizar con el personaje. Al mismo tiempo, surge la incomodidad: ¿vale identificarse con uno de los artífices, o cómplices, de aquel golpe criminal? ¿Silva es víctima o victimario, o hasta qué punto es lo uno y lo otro? ¿Cuán válido es abordar el comienzo de la sangrienta dictadura de Pinochet partiendo de un personaje como el suyo?
La forma, original y atractiva, es también para discutir. En algun punto, el film puede verse como un ejercicio de estilo, con una angustiosamente bella fotografía en blanco y negro (responsabilidad de Diego Pequeño), un lúcido uso del sonido y desenfoques, para expresar mucho con poco. Está claro que Sallato no buscó la reconstrucción de hechos históricos con profusos decorados ni abundancia de nombres propios, y su trabajo es, a menudo, brillante: el aterrador chispazo de una picana eléctrica que se ve al pasar, o un par de sonoros disparos en una secuencia decisiva, parecen suficientes para insinuar el estallido de odio y la sed de represión, para permitir que se sienta el ambiente cargado de violencia y de miedo. Uno de los pocos momentos en que el director enfoca rostros de cerca es en un breve interrogatorio a dos jóvenes prisioneros de mirada luminosa, uno de los cuales le arroja a Silva que no quiere cooperar con traidores. Unos y otros lo ven con desconfianza.
En definitiva, sobre la urgente toma de posición ante hechos políticos (o antipolíticos) que sacuden a un país, y la lealtad o no a instituciones y principios, trata este film penetrante y debatible.
Fernando G. Varea
