LOS VENCEDORES
(2025; dir. Pablo Aparo)
Es notable cómo hechos fortuitos pueden darle a las películas significados imprevistos, como ocurrió cuando la frase Que la guerra no me sea indiferente, que León Gieco había escrito para Solo le pido a Dios en 1978, pensando en la amenaza de un conflicto bélico con Chile, terminó cobrando otro sentido durante la contienda con el Reino Unido en 1982 (al punto de que el documental Buenos Aires Rock, producido por Aries, ilustró con imágenes de la guerra en Malvinas la interpretación de la canción en el estadio Obras en noviembre de ese año). Cuando Pablo Aparo dio a conocer su documental Los vencedores en el BAFICI de este año –obteniendo cuatro premios y también alguna controversia–, no imaginó que, pocos meses después, algo tan simple como el hecho de que los jugadores de la Selección Argentina blandieran un improvisado cartel desprendido de las tribunas tras ganarle a Inglaterra, en el Mundial de Fútbol, removería fervores y debates. Algo similar ocurrió con El partido, documental de Juan Cabral y Santiago Franco estrenado en mayo, que empezó a despertar un interés especial los días previos y posteriores a ese partido.
Lo cierto es que el estreno ahora de Los vencedores resulta más que oportuno. En principio, porque se trata de un documental que, a partir de un viaje –tres, en realidad– para conocer la realidad de los habitantes de Malvinas, ofrece testimonios reveladores y amplio material para discusiones de distinto tipo.
El film comienza con un texto inicial impecable, evitando reducciones que muchos (incluso argentinos) suelen usar –por desinformación, descuido o motivaciones menos inocentes–, como que en 1982 Argentina invadió las islas, sin aclaración alguna. Todo lo que Aparo va comentando después, al hablar con distintos pobladores de las islas, con voz calma y amigable (a él apenas se lo llega a ver en un momento), resulta también atinado y genera empatía. Incluso no puede dejar de compartirse su sensación de estar viviendo una pesadilla con el actual gobierno argentino (más allá de que no se dan nombres propios y el comentario podría prestarse a confusión, ya que el documental se filmó a lo largo de cuatro años y, cuando entierran a una mascota, se ve en la cruz el año 2023).
En cierta manera, el breve registro inicial de un museo argentino que invita a una experiencia inmersiva en las islas deviene experiencia más real (¿acaso hay algo más inmersivo que ver una película en una sala de cine?). El frío, el viento y los olores no se sienten, claro, pero se intuyen. Aparo opta luego por planos fijos para que las personas entrevistadas compartan lo que saben o lo que piensan, permitiendo visualizar detalles de sus casas y oficinas. Entonces cada declaración, cada imagen, resultan apasionantes para quienes encontramos allí rastros de un territorio mencionado con frecuencia pero prácticamente desconocido, así como retazos de la Historia vivida desde allí.
El encuentro con un irlandés cuarentón de pocas pulgas, en un sector alejado de Puerto Stanley, es casi una historia aparte. El afectuoso vínculo que se va generando entre el joven director y el pelirrojo malvinense, más las anécdotas, los recuerdos, la intervención lateral de otras personas (una novia chilena, algun familiar que se comunica por teléfono) y hasta un conato de pelea (que le viene muy bien a la película, en términos narrativos), provocan pensamientos en torno a cuánto puede tener de valioso el acercamiento entre personas con criterios e historias diferentes.
El diseño de sonido de Guido Deniro es destacable, tanto como la delicadeza de Aparo para detenerse en detalles: alguna fotografía, adornos hogareños, hábitos de la vida rural. Y si costumbres como la celebración de un denominado Día de la liberación puede incomodarnos a los espectadores argentinos (al mismo tiempo que asoma, sin énfasis, el cambio de una lápida con el texto Soldado argentino sólo conocido por Dios por otra con un nombre y apellido puntuales), incomoda más la ausencia de referencias al valor, heroísmo o dignidad de los ex combatientes argentinos en Malvinas, como si se volviera a aquella expresión chicos de la guerra con la que se los estigmatizó cuarenta años atrás. La sensación –que se desprende de los testimonios– de que los malvinenses tendrían derecho a elegir a sus representantes, e incluso la leve provocación que sugiere el título de la película, son otros aspectos problemáticos.
Tal vez sea que, mientras el reclamo de soberanía es indiscutible, la guerra en el Atlántico Sur de 1982 tiene muchas aristas, difícilmente abarcables en una hora y media. Aun así, Los vencedores debe valorarse como una de las películas que más honesta y provechosamente se han ocupado del tema.
Fernando G. Varea
